Como en tantas otras cosas, nuestros odiados (eso quiere decir admirados en lenguaje envidiosillo-español) anglosajones han administrado mucho mejor el nombre de sus territorios. Todavía hay mucha gente por aquí que no distingue entre Inglaterra, Gran Bretaña y Reino Unido, con esa falsa bonhomía que al grito de "venga ya...si da lo mismo" lo que pretende es amenazar con la inatención, que aquí puede transformarse en ostracismo, luego apestamiento, luego linchamiento.Allí lo tienen claro: Inglaterra es un país, o sea, como Escocia o Gales; Gran Bretaña es una isla, o sea, como Irlanda, y el reino Unido es un Estado (aquí sí me parece que procede la mayúscula, qué quieren), es decir, respectivas unidades de cultura, geografía y política.
Aquí no es así: la denominación de España es el equivalente a la de reino Unido, pero no a las otras. Por eso allí puede haber selecciones de Escocia, Gales o Irlanda del Norte sin problemas, pero aquí no. Y por eso tienen mucha razón las autoridades catalanas que cuando les reprochaban que no podían ser parte y todo en una competición internacional (España contra parte de España, que sería esa selección catalana) les respondían que eso no era su problema: que llamaran al rest como quisieran. Respuesta exacta. Aunque parezca increíble, después de tantos siglos de esta supuesta patria (siento la minúscula otra vez, pero no me la tomo en serio, de verdad) o patria de patrias, que dicen los cursis (tampoco a las pequeñitas me las tomo en serio, lo siento de veras), sólo Cataluña, galicia y Euskadi saben que son países, pero hay una indefinición sangrante para todo lo demás. Si Extremadura, Aragón, Asturias y el etcétera que no es Castilla ni tampoco esas tres patrias conunidaddedestinoenlouniversal no son países, un zaragozano que trabaje y viva con su familia en Coruña o Bilbao, ¿qué es? No administrativamente, que es obvio que es español, como indica su DNI, sino, ¿de qué país? No comparte la cultura de su patria chica (estúpida denominación parcheante) de origen, porque no está allí físicamente, y eso hace costumbre y cultura y no se puede sentir de su tierra de acogida (otra estupidez de sintagma) porque por mucho que cumpla las prescripciones de idioma y demás, volvemos a la categorización e identificación administrativa (política, en el caótico imaginario español), pero esa persona sigue sin tener un país.
No es baladí esta cuestión, porque es el factor determinante de una incomprensión hacia las autodefiniciones (lo de autodeterminación referido a cualquier territorio de la piel de toro, aparte Portugal, por supuesto, que es un país serio, me da risa) de esos países, que es interesante en principio: un desmarque temporal y pactado a la espera de una negociación que funde sobre nuevas bases un Estado (tal vez merezca las mayúsculas) que se fundó sobre un apresurado conglomerado que todos conocemos y que hace agua por todas partes. Y digo en principio porque esa ya es una idea que se va a quedar vieja. Los nacionalistas, como buenos hispanos radicales (lo siento por ellos, pero la identificación del paradigma no deja lugar a dudas: forma de conducir, trasnoche juerguista, beatificación de la pasión y la furia (??????) frente al raciocinio frío pero eficaz), ya están en la fase siguiente: odia al prójimo para poder dirigir a sus victimarios. Y así será si no revisamos la base. Desfragmenten el país, caballeros, en el buen sentido, que no podemos permitirnos el lujo de discutir si elegimos entre Ternera, Quintana, carod o Mas, menos, como si realmente estos enanos fueran importantes y su llave del futuro fuese de puerta grande, mientras tenemos en formol a Tarradellas, por ejemplo. Ay, ay...
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